Entre por aquella reja. Alguien , poco mayor que yo y de orgullosos modales, con un delantal blanco me esperaba. Me condujo por interminables pasillos donde ruidos pesados, metálicos y constantes no cesaban. Pasamos por infinidades de tubos, de cables y vapores que aparecían de repente. Fierro, acero y luces centelleantes llenaban aquel asfixiante lugar. Repartidos en un caótico orden avanzábamos entre los obreros y sus maquinas, hasta llegar a una en particular.
Allí me presentó a un viejo destartalado de inexpresiva mirada, el cual me explico de memoria el funcionamiento y los pormenores de cada botón, de cada palanca que se asomaba por aquel metálico aparato.
El de delantal blanco hace rato había escapado de la escena y cuando el viejo termino su monologo sin vida y hubo respondido sin dificultad algunas de mis preguntas, se retiro inclinado en sus hombros, arrastrando sus pasos hasta perderse entre los tubos, los ruidos, cables y gente, inmersa en sus acciones.
Puse mis manos a la obra, lo que se veía de primera tan complicado no lo era tanto -aprieta aquí, pulsa acá; cuando el indicador llegue al cien baja la palanca; no olvides, al ver la luz roja, reinicia todo- y, así, sólo debía seguir esas y otras indicaciones, claras y simples... Apreté, apague y encendí, baje la palanca y la subí, sin detenerme una y otra vez, una y otra vez sin mucho esfuerzo. Una y otra vez la maquina aumento su velocidad, una y otra vez todo se hizo más pesado. -¿A lo mejor le falta un ajuste o sera algún problema de lubricación?- me pregunte. En ese momento sentí cómo tuve que acelerar el ritmo continuo que llevaba a cada paso.
Miré hacia un lado, hacia el otro, pero fuera del metalizado paisaje, fuera de los obreros concentrados en sus labores nada indicaba algo anormal. Los veía tan esforzados como antes, ni un poco menos, pero ni un poco más. Tal vez era solo mi maquina la que presentaba problemas. No. ¿Pero, como? No quería molestar, no quería que me tomaran a mal.
Seguí entonces haciendo como antes, un poco, cada vez un poco mas rapidito... Ahora de seguro que algo anda mal. Botones y palancas más pesadas, más atascadas, pero continué...
No pare ni un instante, veía mis manos moverse rápido, cada vez con más dificultad, cada vez más pálidas, cada vez más delgadas. Venas comenzaron a asomarse por debajo de la piel, arrugas ¡Que digo! ¡¿Arrugas?! ¿Como seria posible? Pero no importa, debo seguir. Es lo único que se. Apretar aquí, por aya, mover tal y tal palanca. Lo demás solo deben ser desvaríos y alucinaciones del cansancio, porque cada vez estaba más seguro de que algo andaba mal. Más rápido, más atascado y obviamente, yo mucho más cansado.
De repente siento una mano que toca tres veces mi hombro. Me sobresalta como a quien despiertan bruscamente de un sueño, giro despacio mi torso y mi cuello, veo a un ser con delantal blanco, no era el anterior, pero de edad y fisionomía muy parecida que el otro. A su lado, un joven tímido que me miraba entre una mezcla de compasión y asombro. El delantal blanco me pide que le explique a este joven el funcionamiento del dichoso aparato. Así comienzo mi monologo utilizando calcadas palabras a la de mi maestro y mentor, luego respondo un par de fáciles preguntas al joven.
Miro a mi alrededor, veo en cada una de las maquinas, rostros nuevos operándolas. El de delantal blanco hace rato había abandonado la escena. Me marcho dejando a mi joven discípulo en aquel sitio, pero la marcha, de seguro por el esfuerzo, era agotadora, poco más y sentía cómo me arrastraba sobre los zapatos.
Camino hasta que en un metal bien pulido, observo mi reflejo. No sé si fue asombro, miedo, rabia o compasión lo que me invadió, o alguna otra sensación. Pero mis ojos ven un par de ojos fijos, inexpresivos, un rostro carcomido pos las arrugas y algunos cabellos blancos que escapan como raíces por debajo del casco. En ese momento comprendí, había llegado la hora del descanso.
La hora del regreso ¿a casa?. ¡La hora en que por fin disfrutaría la vida! Cansado como estaba, solo quedaba esperar el anochecer... Avanzaba por el pasillo lleno de tubos, maquinas, cables y el ruido que nunca abandona los oídos.
Me marcho. Sin comprender muy bien lo que hice alguna vez. Me voy sin ver algún fruto del tiempo en aquel lugar.
Pero antes de abandonar la gran sala. Observo aquel delantal blanco que me condujo hasta mi maquina. Tan digno como siempre. Claramente el tiempo sobre el también ha pasado, pero no con tanta crueldad como en mi.
Ahí le veo mirando en una oficina, en la sima de todo, con la vista hacia las maquinas y hacia nosotros, pero sus ojos en busca de nada en particular, sino solo hacia el infinito, de seguro, el lugar donde se encuentra su ambición.
Allí me presentó a un viejo destartalado de inexpresiva mirada, el cual me explico de memoria el funcionamiento y los pormenores de cada botón, de cada palanca que se asomaba por aquel metálico aparato.
El de delantal blanco hace rato había escapado de la escena y cuando el viejo termino su monologo sin vida y hubo respondido sin dificultad algunas de mis preguntas, se retiro inclinado en sus hombros, arrastrando sus pasos hasta perderse entre los tubos, los ruidos, cables y gente, inmersa en sus acciones.
Puse mis manos a la obra, lo que se veía de primera tan complicado no lo era tanto -aprieta aquí, pulsa acá; cuando el indicador llegue al cien baja la palanca; no olvides, al ver la luz roja, reinicia todo- y, así, sólo debía seguir esas y otras indicaciones, claras y simples... Apreté, apague y encendí, baje la palanca y la subí, sin detenerme una y otra vez, una y otra vez sin mucho esfuerzo. Una y otra vez la maquina aumento su velocidad, una y otra vez todo se hizo más pesado. -¿A lo mejor le falta un ajuste o sera algún problema de lubricación?- me pregunte. En ese momento sentí cómo tuve que acelerar el ritmo continuo que llevaba a cada paso.
Miré hacia un lado, hacia el otro, pero fuera del metalizado paisaje, fuera de los obreros concentrados en sus labores nada indicaba algo anormal. Los veía tan esforzados como antes, ni un poco menos, pero ni un poco más. Tal vez era solo mi maquina la que presentaba problemas. No. ¿Pero, como? No quería molestar, no quería que me tomaran a mal.
Seguí entonces haciendo como antes, un poco, cada vez un poco mas rapidito... Ahora de seguro que algo anda mal. Botones y palancas más pesadas, más atascadas, pero continué...
No pare ni un instante, veía mis manos moverse rápido, cada vez con más dificultad, cada vez más pálidas, cada vez más delgadas. Venas comenzaron a asomarse por debajo de la piel, arrugas ¡Que digo! ¡¿Arrugas?! ¿Como seria posible? Pero no importa, debo seguir. Es lo único que se. Apretar aquí, por aya, mover tal y tal palanca. Lo demás solo deben ser desvaríos y alucinaciones del cansancio, porque cada vez estaba más seguro de que algo andaba mal. Más rápido, más atascado y obviamente, yo mucho más cansado.
De repente siento una mano que toca tres veces mi hombro. Me sobresalta como a quien despiertan bruscamente de un sueño, giro despacio mi torso y mi cuello, veo a un ser con delantal blanco, no era el anterior, pero de edad y fisionomía muy parecida que el otro. A su lado, un joven tímido que me miraba entre una mezcla de compasión y asombro. El delantal blanco me pide que le explique a este joven el funcionamiento del dichoso aparato. Así comienzo mi monologo utilizando calcadas palabras a la de mi maestro y mentor, luego respondo un par de fáciles preguntas al joven.
Miro a mi alrededor, veo en cada una de las maquinas, rostros nuevos operándolas. El de delantal blanco hace rato había abandonado la escena. Me marcho dejando a mi joven discípulo en aquel sitio, pero la marcha, de seguro por el esfuerzo, era agotadora, poco más y sentía cómo me arrastraba sobre los zapatos.
Camino hasta que en un metal bien pulido, observo mi reflejo. No sé si fue asombro, miedo, rabia o compasión lo que me invadió, o alguna otra sensación. Pero mis ojos ven un par de ojos fijos, inexpresivos, un rostro carcomido pos las arrugas y algunos cabellos blancos que escapan como raíces por debajo del casco. En ese momento comprendí, había llegado la hora del descanso.
La hora del regreso ¿a casa?. ¡La hora en que por fin disfrutaría la vida! Cansado como estaba, solo quedaba esperar el anochecer... Avanzaba por el pasillo lleno de tubos, maquinas, cables y el ruido que nunca abandona los oídos.
Me marcho. Sin comprender muy bien lo que hice alguna vez. Me voy sin ver algún fruto del tiempo en aquel lugar.
Pero antes de abandonar la gran sala. Observo aquel delantal blanco que me condujo hasta mi maquina. Tan digno como siempre. Claramente el tiempo sobre el también ha pasado, pero no con tanta crueldad como en mi.
Ahí le veo mirando en una oficina, en la sima de todo, con la vista hacia las maquinas y hacia nosotros, pero sus ojos en busca de nada en particular, sino solo hacia el infinito, de seguro, el lugar donde se encuentra su ambición.
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