Primero el carrete, luego para resistir la pega, después, la vida. Lo que consumí me consumió. Donde hubieron sonrisas y manos extendidas, hoy solo espaldas ciegas.
-¡Para con esto, dejala!- me dijo. -¡No te metas en mis cosas!- le grite. La discusión subió de tono y la empuje. Al día siguiente se marcho, con mi único tesoro. Mi hija.
Esta noche me encuentro solo junto a ese polvo, pálido como la muerte. Ya no escucho mi corazón latir, sino golpear, como si quisiera escapar, el brazo tiembla, caigo al suelo. Veo con horror esa vida que tire, por mi nariz.
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